Entrevista



Entrevista a Hamlet


1. ¿Qué le supuso la muerte de su padre?


¡Ah! No, ni aun sólo imaginarlo. Ya estoy solo. ¡Qué abatido! ¡Qué insensible soy! Yo, miserable, sin vigor y estúpido: sueño adormecido, permanezco mudo, ¡y miro con tal indiferencia mis agravios!


2. ¿Qué pensabas de él?


Era un hombre tan cabal en todo que no espero hallar otro semejante.


3. ¿Qué honores debió recibir tu padre como soberano?


El que hace de Rey sea muy bien venido, Su Majestad recibirá mis obsequios como es de razón, el arrojado caballero sacará a lucir su espada y su broquel, el enamorado no suspirará de balde, el que hace de loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas con que sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su pasión o las interrupciones del verso hablarán por ella.


4. ¿Cree que su padre mereció más de lo que recibió?


¡Qué cabeza ésta! No señor, mucho mejor. Si a los hombres se les hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado? Trátalos como corresponde a tu nobleza, y a tu propio honor: cuanto menor sea su mérito, mayor será tu bondad.


5. ¿Cómo te sentó la boda de tu madre con tu tío?


¡Oh! ¡Dios! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos,
insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él, es
un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos.
¡Que esto haya llegado a suceder a los dos meses que él ha muerto! No,
ni tanto, aún no ha dos meses.


6. ¿Qué fue lo primero que se te pasó por la cabeza al conocer la
noticia?


¡Delincuente precipitación! ¡Ir a ocupar con tal diligencia un lecho
incestuoso! Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi
padre; pero no más parecido a él que yo lo soy a Hércules.


7. ¿Qué piensas de tu madre tras su nuevo enlace?


¡Ah! no quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad! ¡Tú tienes nombre de mujer! En el corto espacio de un mes y aún antes de romper los zapatos con que, semejante a Niobe, bañada en lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste padre... Sí, ella, ella misma. ¡Cielos! Una fiera, incapaz de razón y discurso, hubiera mostrado aflicción más durable. Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi padre; pero no más parecido a él que yo lo soy a Hércules. En un mes... enrojecidos aún los ojos con el pérfido llanto, se casó. ¡Ah! ¡Delincuente precipitación! ¡Ir a ocupar con tal diligencia un lecho incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir bien. Pero, hazte pedazos corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.


8. ¿Qué piensas de la aparición de tu padre?


Por San Patricio, la aparición... Es un difunto venerable... Sí, yo os lo aseguro... Pero, reprimid cuanto os fuese posible el deseo de saber lo que ha pasado entre él y yo. ¡Ah! ¡Mi buen amigo! Yo os pido, pues, que me concedáis una corta merced


9. ¿Si pudieses verle una vez más, qué harías?


Si él se me presenta en la figura de mi noble padre yo le hablaré aunque el infierno mismo abriendo sus entrañas me impusiera silencio.


10. ¿Qué opina sobre esta imagen que da su pueblo acerca de la bebida en los festejos?


Aunque he nacido en este país y estoy hecho a sus estilos, me parece que sería más decoroso quebrantar esta costumbre que seguirla. Un exceso tal que embrutece el entendimiento nos infama a los ojos de las otras naciones, desde oriente a occidente.
Nos llaman ebrios; manchan nuestro nombre con este dictado afrentoso y en verdad que él solo, por más que poseamos en alto grado otras buenas cualidades, basta a empañar el lustre de nuestra reputación.
Así acontece frecuentemente a los hombres. Cualquier defecto natural en ellos, sea el de su nacimiento, del cual no son culpables (puesto que nadie puede escoger su origen), sea cualquier desorden ocurrido en su temperamento, que muchas veces rompe los límites y reparos de la razón, o sea cualquier hábito que se aparte demasiado de las costumbres recibidas llevando estos hombres consigo el signo de un solo defecto que imprimió en ellos la naturaleza o el acaso, aunque sus virtudes fuesen tantas cuantas es concedido a un
mortal, y tan puras como la bondad celeste; serán no obstante amancilladas en el concepto público, por aquel único vicio que las acompaña. Un solo adarme de mezcla quita el valor al más precioso metal y le envilece.